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miércoles, 26 de junio de 2013

¿Qué es la empatía? Alfredo Landa y Los Santos Inocentes

Alfredo Landa y Terele Pávez en Los Santos Inocentes (Mario Camus, 1984)

Si tengo que elegir a un actor que se corresponda con la palabra entrañable, no me cabe ninguna duda. Así era Alfredo Landa. Un actor y sobre todo una persona, entrañable. Y eso, en el mundo del espectáculo, queridos amigos, es el mejor valor añadido. Hace unos días veía una entrevista en la que Landa, haciendo gala de su conocida espontaneidad, le decía al periodista que él podría ser mejor o peor actor, pero con lo que realmente se quedaba, era con que la gente pensara y le dijera que era buena persona.

Mucho se ha escrito y comentado sobre el Landismo, pero dejando esta etapa o faceta de Alfredo Landa a un lado, para mí, su trabajo más impecable, sublime podría decir, y sin duda el que más me marcó fue Paco, el campesino protagonista de Los Santos Inocentes. Creo firmemente que el resultado actoral se basa en la empatía que el actor pueda adquirir con el personaje a la hora de trabajarlo y prepararlo. Si llega a su fondo y a entender lo que el personaje siente, lo que el actor transmite se multiplica, se siente.

Recuerdo que cuando vi la película, no veía a mi adorable Alfredo Landa, ni recordaba siquiera otra de las frases míticas que también me marcaron en su momento: Yo no creo más que en Dios, Franco y en don Santiago Bernabéu. No. Sólo era capaz de ver a un hombre humilde, trabajador y fiel esclavo de los caprichosos y déspotas deseos de su señorito. Os digo que la película me impactó soberanamente, precisamente por lo bien que los actores transmiten las emociones al espectador. Sinceramente, en aquel momento, mi único deseo era adoptar a Alfredo Landa como segundo padre, llevármelo a casa y acabar con su sufrimiento. Del personaje de Juan Diego (otro grande de los grandes ante el que me quito el sombrero) ni hablo...

Años después, al volver a ver Los Santos Inocentes, me vino a la cabeza otra lectura adicional de la historia que está directamente relacionada con la empatía de los seres humanos. La empatía, ese atributo muy desarrollado en algunos y totalmente deficiente en muchos otros. No me voy a poner a reflexionar sobre la diferencia entre clases sociales, porque eso me llevaría líneas y líneas que tampoco solucionarían el mundo. Siempre ha habido clases. Nos puede gustar más o menos, pero a pesar de ello, creo que la clave para la buena convivencia entre dichas clases es precisamente la empatía. Amigos, ¿qué es la empatía? Vivimos en una sociedad muy egoísta en la que el mero detalle de ponerte en la piel del otro (y más si el otro está peor que tú) ya roza el terreno de la ciencia ficción.

Al igual que Paco, siervo sumiso que antepone su propia salud a los deseos de su amo porque no le queda más remedio y ha nacido en esa casta social en la sociedad española de hace 50 años, por mucho que hayamos avanzado, siguen existiendo muchos Pacos y por desgracia, también muchos señoritos carentes de empatía y de ese mínimo de ética que (a mi parecer) debería incorporar por defecto cualquier ser humano.


El pez grande siempre se come al chico. El poderoso impera sobre el resto de los mortales y se sitúa por encima del bien y del mal. No importan las normas y la ética, ¿para qué? Si podemos abusar y sobre todo, no hay consecuencias y es lícito, el pezqueñín seguirá siendo devorado por el tiburón. Esto es así.

Ayer me choqué con un autobús. Simplemente con escribiros que yo iba tan tranquilita por mi carril y el mastodonte verde se abalanzó contra mí, así, sin anestesia, no hace falta que os dé más detalles, ¿verdad? Entiendo que la mayoría de vosotros habrá experimentado esa bonita sensación de tener que frenar en seco para evitar el impacto, o bien sentir ese agradable meneo que conmemora las andanzas adolescentes en los coches de choque. 

Es sólo un ejemplo más, pero por el hecho de que el autobús es más grande y mi coche, más pequeño, el grande sigue teniendo todo el derecho a empotrarse contra ti y encima, culparte de lo sucedido. Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Por qué tenemos que seguir sometidos a este tipo de injusticias y además, bajar la cabeza y seguir actuando cual sumisos? La empatía, la ética y el respeto cada vez brillan más por su ausencia. Así es, amigos.

¿Qué es la empatía? ¿Un atributo extraño? ¿Preferimos seguir saltándonos todo el respeto a la torera y seguir viviendo como Pacos y como señoritos? ¿Preferimos seguir marcando tanto las diferencias a la hora de la verdad, cuando la tendencia marca todo lo contrario?

Los Santos Inocentes tienen las respuestas. 

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