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domingo, 16 de marzo de 2014

Dallas Buyers Club. Mathew McConaughey demacrado, pero coronado


Se llevaron ambos Oscars. El principal y el de reparto. Mathew y Jared. Leto y McConaughey. Yo apostaba por DiCaprio a ciegas, pero qué queréis que os diga, una se equivoca. Y como rectificar siempre está bien, he de decir que Mathew McConaughey, el eterno macizorro y rey de la comedia romántica, rompe todos los moldes en Dallas Buyers Club

Año 1985, Dallas. Ron Woodroof, electricista y vaquero drogadicto, homófobo, desagradable y altivo. Un cuadro que echa para atrás sólo con verle en pantalla. Mazazos de la vida, a Woodroof le diagnostican el sida en un año en el que el virus del VIH era aún un total desconocido y no le auguran más que un mes de vida por delante. Tras consumir el medicamento AZT, el fármaco aprobado por aquel entonces, y estar a punto de morir, Woodroof crea el Dallas Buyers Club, o club de compradores, para ofrecer tratamientos alternativos (e ilegales) que mejoren la calidad de vida de los portadores del VIH.

Con una trama de este porte, confieso que he ido al cine con temor a encontrarme el típico dramón de Serie B, todo sea dicho. Sin embargo, la película huye del melodrama apostando por el giro personal, espíritu de lucha y un debate constante entre la legalidad y la ilegalidad.

El cineasta Jean-Marc Vallée rodó Dallas Buyers Club en apenas 25 días, con muy poco presupuesto, escenas muy largas y una fotografía ochentera y cowboy que me ha recordado (salvando las distancias) a Brokeback Mountain. Mathew McConaughey y Jared Leto apostaron por la historia encarnando a dos tipos llenos de complejidades físicas y psicológicas que han sabido defender con nota y sobre todo, hacer que nos creamos lo que estamos viendo. No nos olvidemos de esto...

La lucha real de Woodroof contra el estado se convierte en el hilo argumental de la cinta. El sida queda como el detonante de una lucha en la que el tiempo está muy marcado y un pitido desagradable actúa como conexión entre el espectador y la salud de Woodroof.


'We can't even look at him': Family of real-life AIDS victim played by Matthew McConaughey in harrowing new movie reveal the TRUE story of courage that inspired actor's 'breathtaking' transformation. Reportaje Daily Mail UK Online






















Demacrado, muy delgado, con ojeras y un corte de pelo nada favorecedor. Un aspecto que McConaughey consiguió tras perder 21 kilos a base de Coca Cola Light, una pieza de pollo al día y clara de huevo. Ahí queda eso. Está inmenso, no sólo por conseguir ese cambio radical, sino por transmitir, bajo su terrible aspecto ojeroso, una mirada que dice de todo. Dice sufrimiento, dice lucha y dice desesperación. McConaughey consigue que comencemos odiando a Woodroof y le acabemos apreciando. Esto es así.


















Para terminar, no puedo más que hacerle la ola a Jared Leto, el otro elemento del tándem hetero-gay, fuerte-débil, bruto-sensible, jefe-empleado, amigo-amigo e igual-igual. Ese actorazo que no puede estar más guapa como mujer y que coloca la guinda en el pastel. La bondad, el carisma, la tristeza y el dolor de Rayon, sobre unos tacones y un maquillaje hortera, configuran el otro retrato de la enfermedad y de la adicción. Jared Leto interpreta al personaje que empatiza con el público de inmediato, ese personaje que no queremos que muera nunca, porque él no quiere morir. Merecidísimo su Oscar también, porque conmueve. 

Puro drama, pero sin bañarse en él, Dallas Buyers Club es un triunfo. De la vida y de la interpretación, no dejéis de ir a verla.

Lo siento señora, pero prefiero morir con las botas puestas

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