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viernes, 17 de marzo de 2017

Recordando a la Reina del Sur

Imagen: Sara Chinarro

Levantó la vista y mientras observaba el faro, majestuoso y poderoso amo de historias y batallas, se acordó de ella. Teresa Mendoza, la mexicana. Qué tipaza, qué par de huevos y cómo me gustaría ponerme en su piel en algún momento, pensó. No en todos, ni de coña, no quiero ser narco. Pero sí vivir un día en su pellejo. Un día tranquilito, a poder ser. Qué mujer. ¿Habrá existido de verdad? ¿O se habrá quedado para siempre en la mente e imaginación de don Arturo? Quién sabe. Lo que tengo claro es que a ella no la tumbaron ni la muerte del Güero ni la del Gallego. A ella no la tumbó nada, en realidad. Ni el cártel ni la cárcel. Y menos la muerte, ni la suya ni la de su gente. Porque tuvo buena y mala suerte. La mala fue perra, la muy condenada. Después de que se quebraran al Güero, Teresa quiso con miedo. Porque todo lo que quería, se moría. Pues pa que te digo que no, si sí.

Teresa era una chava sin nada más valioso que sí misma. El Güero la enamoró y la cuidó hasta que tuvo que dejar de hacerlo. Corre, mi prietita. Corre. Y no le quedó otra que correr. Y así llegó a España desde Sinaloa. Escapando y recordando. No tuvo otra opción que apretar los dientes y echarse a la chepa todo lo que le tocó vivir. Un tequilita mediante. Por los buenos tiempos.  

Había leído La reina del sur hacía unos tres años y fue uno de sus mejores descubrimientos literarios. Se convirtió sin quererlo en su novela favorita. Por muchos motivos. Por esa maravillosa forma de contar historias que tiene don Arturo a veces. Ella adoraba al Pérez-Reverte de El Capitán Alatriste, Territorio Comanche, La Tabla de Flandes o El Club Dumas. El resto, por mucho que dijeran los eruditos, le parecía demasiado. La historia detrás de Teresa Mendoza, detrás de la Reina del Sur, era sencillamente fascinante. Cómo convertirte en una de las mayores narcas del mundo siendo mujer, dos hombres caídos en el camino, cárcel en el Puerto de Santa María de por medio, y persecuciones día sí, día también. La mexicana fue hasta venerada por los rusos. La tipaza sí que fue un mito. Qué huevos, Teresita.

El Gallego le había enseñado el sur de España. Le descubrió sus pueblos y la amó en sus playas. De la única forma en la que saben amar los gallegos. Sin muchas palabras, directamente a la piel y desde el corazón. Vivieron en una casita de madera en Algeciras, frente al mar. Cada mañana, él cruzaba los pocos metros que les separaban del agua y comenzaba el día nadando. Cuando ella sentía su lado de la cama vacío, se levantaba, se ponía el traje de baño y le acompañaba en el agua. Cada día hacían el amor en el mar. Él conocía la mar y lo más importante, sabía respetarla. Por eso, Teresa tenía la certeza de que la protegería. En Algeciras, en la mar o paseando por el peñón de Gibraltar. Con Santiago aprendió a sentirse segura y a lograr huir de sus demonios mexicanos. Hasta que se vio obligada a volver a desaprender lo aprendido. Y a verse de nuevo sola y esta vez encarcelada. 

Mientras caminaba por la pequeña carretera que conducía al faro y se iba acercando a él, no se la quitaba de la cabeza. Recordó los demonios de Teresa y los suyos surgieron de entre las sombras también. ¿Cómo se lidia con la pérdida? ¿Cómo se hace para que no duela? El desconsuelo invadía su mente. Pues pa que te digo que no, si sí. Aprieta los dientes. O te aclimatas, o te aclimueres. Y siguió caminando hacia el faro, a la espera de encontrarse un día más con el inevitable atardecer.



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