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jueves, 27 de abril de 2017

El hombre que nadaba entre orcas y desafió al autismo

Roberto, Beto, Bubas es un argentino que lleva casi toda su vida dedicado al estudio y observación de las orcas. Comenzó a trabajar como guardafauna (término que nunca me acuerdo de pronunciar) en la Península Valdés, vigilando ballenas, orcas, lobos marinos, pingüinos y otra buena variedad de especies terrestres. Lleva más de dos décadas apasionado por las orcas, especie de la que se enamoró sin ninguna razón aparente, pero de la que no se ha separado ni ha dejado de descubrir detalles que le han servido para avanzar en su estudio, para defender su no cautiverio e incluso para defender un aspecto terapéutico que ha quedado más que visible tras el lanzamiento de El faro de las orcas, película de Gerardo Olivares (14 kilómetros, Entre lobos) en la que se basa la historia de Beto, de sus orcas y de un niño con autismo. Este niño viajó junto a su madre hasta aquel lugar perdido de la Patagonia argentina para conocer a Beto y comprobar en primer persona cómo se relacionaba con ellas.  Porque sí, este argentino estableció una insólita relación con un grupo de orcas, logró comunicarse con ellas e incluso nadó entre ellas. Fue un documental de Animal Planet el que dio visibilidad a esta historia de amor entre el hombre y la orca. Y el que hizo que un niño con problemas de autismo viera cómo un hombre tocaba a un grupo de orcas. Reaccionó abalanzándose sobre la tele. Era la primera vez en mucho tiempo que el niño respondía con cierta emoción ante un estímulo externo. 

Creo que lo realmente interesante de El faro de las orcas, estrenada en España el pasado diciembre y ya disponible en Netflix, es precisamente esta relación entre el hombre y el animal que tantas ampollas sigue suscitando. Cuenta Beto en este reportaje del diario El Mundo, que fueron las orcas las que tomaron la iniciativa a la hora de establecer cierta relación y comunicación con él. Metiéndose en el agua para estar más cerca de ellas, un día se acercó una orca y le dejó a su lado un manojo de algas. Beto entendió que quería jugar, así que le volvió a tirar las algas al agua y las orcas volvieron a llevárselas a la orilla. Así interaccionaron durante horas. Al día siguiente, las orcas le esperaban en el mismo lugar y a la misma hora. De esta manera se selló su relación. Parece de película, sí. Y esto ha servido para una película, también. Pero Beto existe, Beto ha nadado entre orcas y no ha dejado de jugarse el pellejo y su puesto de trabajo por desafiar a las leyes, a la ciencia ortodoxa y al propio autismo del niño que viajó desde la otra punta del mundo en busca de ayuda. 


Resulta conmovedor que en tiempos en los que vivimos sumidos en las incesantes y estresantes carreras de fondo que son nuestras interminables jornadas diarias en las grandes o pequeñas ciudades, podamos comprobar una vez más que la naturaleza sigue siendo más poderosa que cualquier arma nuclear o poder político que se precie. Que un hombre interactúe con un grupo de orcas ya me toca la fibra sensible, pero que un niño con autismo logre avances en sus problemas de comunicación gracias a su propia interacción con el mar y las orcas debería invitar a la reflexión. De vez en cuando, películas como El faro de las orcas nos devuelven a la tierra y nos impregnan el alma con lo esencial y salvaje de la naturaleza. Sin aditivos, artificios ni pretensiones. Simplemente con lo que nos rodea, aquello que nos empeñamos en ignorar y en maltratar día sí, día también.    

Maribel Verdú (gracias a ella conocí la película), Joaquín Furriel y el niño Joaquín Rapalini Olivella protagonizan El faro de las orcas. Lola viajará junto a su hijo Tristán desde España para conocer a Beto con la esperanza de que éste les ayude gracias a las orcas, a mejorar los problemas derivados del autismo que padece el pequeño. Es una película bonita. Por su estética, por sus impresionantes escenarios naturales y por el mensaje que trata de lanzar al mundo. Antes de verla pensé que se centraría en la historia de amor entre Beto y Lola, pero ésta se queda en un muy buen segundo plano, dando absoluto protagonismo a esa relación entre el ser humano y el animal, entre el hombre y la naturaleza, entre el lugar que cada uno decide y lucha por tener en el mundo. 

Me alegra infinitamente que Gerardo Olivares haya elevado la historia de Beto a otro plano y que haya levantado una película con un mensaje tan valiente, conmovedor y esperanzador. Haber conocido su historia e investigado por mi cuenta después me ha regalado luz. Soy una apasionada de las historias y sigo empeñándome en descubrirlas y en contarlas. Si después de leer este post, de conocer la historia de Beto y de ver El faro de las orcas no consideráis que esta es una historia especial que merece ser contada, creeré entonces que seguiremos equivocándonos en algo esencial. 


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