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martes, 4 de julio de 2017

Verano 1993: los ojos, sentidos y lágrimas de la niña Carla Simón

Qué tendrá el Festival de Málaga, que siempre saca a la palestra películas que acaban resultando ser joyitas que pasan a formar parte de ese histórico de cintas que permanecen para siempre en nuestra retina. Ya me pasó con los 10.000 km de Carlos Marqués-Marcet y con Verano 1993, ópera prima de la directora Carla Simón, me he vuelto a revolver, a emocionar y a reconciliar con ciertas emociones y con el ser humano. Es una película llena de luz a pesar de la cantidad de sombras que proyecta. Tratada desde la naturalidad, la niñez y la verdad. Un retrato sobre cómo puede enfocar un niño la muerte de un ser querido. Si es que hay alguna manera posible de enfocarla. Pero vayamos por partes. 

Carla Simón perdió a su madre en el verano de 1993. Fue víctima de un sida mortal que por aquel entonces ni tenía nombre, ni voz ni tratamiento alguno. Su padre había fallecido por el mismo virus unos años antes y Carla fue adoptada aquel mismo verano por sus tíos maternos. Tenía sólo siete años y una serie de emociones y sentimientos encontrados que aún no sabía gestionar. 

Las niñas Paula Robles y Laura Artigas, protagonistas absolutas de Verano 1993

Frida es el alter ego de Carla Simón en su ópera prima. Verano 1993 (Estiu 1993) pretende mostrarnos ese momento en el que Frida pasa a formar parte de la familia de sus tíos tras la muerte de su madre. Una niña que deja Barcelona para vivir en una masía cerca de un pequeño pueblo de Girona y que entra en un núcleo familiar que ya está organizado. Marga (Bruna Cusí) y Esteve (David Verdager) son una pareja que cuida a su hija Anna (Paula Robles) y cuya dinámica se verá más que modificada por la llegada de la pequeña Frida. 

Tal y como afirma la propia directora, Verano 1993 no parte del drama de la niña que ha perdido a sus padres y cuyos familiares más cercanos deben acoger. De hecho, cualquiera que vea la película se dará cuenta de que el melodrama no aparece por ningún sitio. Es todo lo contrario. La cinta nos muestra la normalidad aplicada a una situación difícil, pero bien gestionada por la parte adulta. Carla Simón pretende que Verano 1993 sea un ejemplo de la experiencia de un niño que se enfrenta a algo tan desconocido como la muerte de un ser querido. Frida, auténtica protagonista de la cinta, se centra en intentar aprender a gestionar una serie de sentimientos relacionados con la muerte, que aún es pronto que conozca. Es precisamente por no saber qué hacer con ellos, lo que la lleva a cometer ciertos actos terribles que tampoco es capaz ni de medir ni de identificar. 



Verano 1993 es un retrato familiar que ahonda en los sentimientos, roles y relaciones entre sus miembros. Todo enmarcado en la estética noventera, en un año en el que el VIH ni se mencionaba por miedo al contagio y en el que la crisis comenzaba a formar parte del abecedario español. Bom Bom Chip mediante. 

Quiero detenerme también en el trabajo de las niñas Laura Artigas (Frida) y Paula Prendes (Anna), las protagonistas de la cinta. Cada una en su papel, destilan una verdad infinita. Frida me invitó también a viajar al verano de 1993 y a bucear en mis sentimientos y en mi propia infancia. Por ello, esta es una película que hay que agradecer infinitamente. Porque va más allá desde la más absoluta sencillez. Porque ahonda en la verdad, en la infancia y en la madurez. Y porque nos cuenta una bonita historia más. Muy bien contada


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